21 Infinita corrupción. Gobierno de Jaime Lusinchi

Sí bien se estima que durante el gobierno de Luis Herrera se robaron 250,000 millones de
dólares, es imposible saber cuántos se robaron en el de Jaime Lusinchi, donde la
corrupción era todavía mayor aunque más centralizada.

Mi estimación es que en este gobierno se robó algo menos que en el anterior porque ya la
moneda nacional, el Bolívar, se había depreciado considerablemente, primero el día del
viernes negro, durante Luis Herrera, y después en reiteradas ocasiones.

Quien efectivamente mandaba en el gobierno de Lusinchi, era la amante del presidente,
Blanca Ibáñez.

Durante la construcción del hipódromo y cuando llevamos meses sin cobrar nos avisaron
de presidencia del Instituto Nacional de Hipódromos (INH) que había un cheque para
nuestra empresa.
Me acerqué hasta allá con mi socio Clérico.
Esperamos seis horas que el presidente del INH se dignara recibirnos.
Cuando lo hizo, muy alegremente nos dijo que por fin tenía un cheque para nosotros.
Mientras esgrimía el cheque ante nuestros ojos, recibió una llamada telefónica.
Escuchó largo rato lo que le decían por el teléfono.
Cuando colgó nos dijo que lamentablemente tenía que entregar ese dinero a Blanca
Ibáñez y que entonces no nos podría pagar.

Pero a pocas cuadras de la sede del gobierno, desde la más bien modesta Torre
Maracaibo, edificio de oficinas en la acera norte de la avenida Libertador, llevaba la
conducción del país el verdadero mandamás de Venezuela, Alejandro Kaufman, ingeniero
que además se había hecho propietario del Cementerio del Este, el principal cementerio
de Caracas, fuente de importantes ingresos y terreno de grandes y discutidos proyectos
inmobiliarios.

Con frecuencia me tocaba acercarme hasta la oficina de Kaufman a entregarle una maleta
con efectivo por un diez por ciento del monto del cheque que recibiríamos del gobierno
en pago de las diversas obras de construcción que ejecutábamos para el estado.
Durante Lusinchi, la única manera de cobrar era pagando la respectiva comisión a
Kaufman.

Cabe preguntarse qué hace que un contratista de construcción esté dispuesto a pagar un
porcentaje de lo que legítimamente le corresponde para poder cobrar el resto de su
factura. Durante esos días de grandes crisis financieras hubo momentos en que las
empresas pagábamos a los bancos un 160% anual efectivo de intereses.
Me reuní con senadores y parlamentarios para hacerles ver eso y la imposibilidad de
operar que ello significaba para las empresas.
No hay contrato que tenga una rentabilidad del 160%.

Con esa tasa de interés el menor atraso del gobierno en pagar las facturas que el
contratista había descontado o había cedido a los bancos significaba que el banco se
quedaría con todo el monto de la factura y que el contratista no recibiría nada por su
trabajo.
Entonces el contratista estaba dispuesto a darle su 10% a Kaufman y a hacer lo que fuera
para evitar la quiebra.

Entre otras obras nuestra empresa ganó licitaciones internacionales financiadas por el
Banco Interamericano de Desarrollo (BiD) los que significaba que el dinero para el pago de
estas obras estaba disponible para el gobierno de Venezuela. Sin embargo, el gobierno se
apropiaba del dinero aportado por el BID y el contratista tenía que hacer milagros y pagar
coimas para poder cobrar lo que en rigor le correspondía y lo que el Estado venezolano
había recibido con la debida antelación.

Fácil es decir que la corrupción se produce porque en ambas partes, la empresa privada y
el Estado hay personas corruptas o verdaderos delincuentes.
Evidentemente en muchos casos esto es así, pero también en muchos casos los
empresarios y contratistas son extorsionados y no tienen otra posibilidad como no sea
aceptar las exigencias que les imponen los corruptos que manejan los dineros del Estado.

En la recepción de las oficinas de Kaufman, el capo de todos los capos, esperando ser
atendido por éste, uno se sentaba junto a los más importantes ministros, parlamentarios y
miembros de la Corte Suprema, quienes también esperaban por el mandamás.
Todo lo que pasaba en Venezuela se resolvía en la oficina de Kaufman.

Como las instituciones de Venezuela seguían existiendo como si la corrupción no estuviera
arrasando con ellas, hubo un momento en que se hizo necesario designar a un nuevo
Contralor General de la República.
Kaufman decidió que la persona que debía ocupar ese cargo era su amante, una bellísima
jovencita autóctona de cuerpo espectacular.
La muchacha se instaló en la oficina tradicionalmente ocupada por el Contralor General de
la República.
En pocos días convirtió su oficina en una verdadera discoteca, con luces estroboscópicas
que giraban y con un equipo de sonido espectacular, todo esto en un ambiente bastante
oscuro y apagado como en la más elegante de las discotecas, aunque con una inmensa
bandera de Venezuela.
La distinguida Contralora despachaba en ese ambiente y se limitaba a firmar lo que ya
venía con el visto bueno de Alejandro Kaufman.

En los días en que el poder de Alejandro se hacía más evidente, el expresidente de Rafael
Caldera, el mas resentido y podrido en odio de todos los venezolanos, y el eterno
candidato a la presidencia y gobernador del Estado Bolívar, Andrés Velásquez,
emprendieron una campaña a través de los medios denunciando las vagabunderías de
Kaufman.

En medio del fragor de esa batalla ocurrió la muerte de un pariente no muy inmediato de
Kaufman, un tío o primo suyo.
Sus espectaculares funerales tuvieron lugar en Caracas, en la Funeraria Vallés, en la
Avenida las Acacias de la Urbanización La Florida.
Con mi socio Giácomo Clerico frecuentemente visitábamos a Kaufman para hacerle pago
de comisiones, dado lo cual consideramos necesario acercarnos hasta la funeraria para
presentar nuestros respetos al poderoso pariente lejano del muerto.
Para mi asombro también estaban presentando sus respetos Rafael Caldera y Andrés
Velásquez, de modo que toda la campaña que tenían era simplemente para obtener
beneficios. Con su presencia mostraron estar dispuestos, como todo venezolano con algún
poder o aspiraciones de poder, a rendir pleitesía a Kaufman cada vez que éste así lo
exigiera.